19.3.14

Él

mi lápiz ••

Cuando estudiaba arquitectura, no recuerdo cada cuánto, teníamos lo que se llamaban "encierros". Suena feo pero de "encierro", tenían poco. Eran jornadas completas en los talleres, dibujando un proyecto que nos daban ese día y había que completarlo al finalizar la jornada. Sin poder hacer correcciones ni consultar. Era resolver y dibujar la mañana completa. El que conoce la facultad, sabe que esos talleres son muy grandes, con inmensos ventanales donde entra una luz hermosa. Durante la mañana, además de dibujar, podíamos tomar mate o ir hasta el bar a tomar un cortado, cada tanto. Es decir, el "encierro" era muy abierto :)

En uno de esos encierros, salí a tomar un cortado y cuando volví a mi tablero, habían desaparecido mi juego de escuadras y MI lápiz. ÉL lápiz, no cualquiera.
Después no recuerdo si no pude volver a comprarlo o no lo conseguía, el tema es que nunca más tuve a mi lápiz. Y cada vez que me puse a trabajar, hasta hoy, cuando tomo mi lápiz, lo recuerdo a él. Porque fue irreemplazable, porque era perfecto. Para mí, era perfecto. Tenía el tamaño justo, buen agarre y el peso ideal. Para la mayoría, en aquel momento, era muy pesado. Y a mí, si hay algo que me gusta de un lápiz o lapicera es que sea pesado. No algo que no se pueda sostener, pero necesito sentir que tengo algo en la mano, no una pluma.


mi lápiz •


Hace poco, cuando fui a comprar materiales, pregunté si estaba y la señorita del local, con cara de alegría me dijo: "sí! está el modelo nuevo, rediseñado". Y pasó lo que sospechaba: en el "rediseño", modificaron su peso y ya no es el mismo, es un lápiz más, no es MI lápiz Rotring 600.

Como nunca pude reemplazarlo, en todos estos años trabajé con varios. El último es este de la foto, que de lápiz perfecto no tiene nada. Es una pluma, muy simple y tan malo que al poco tiempo de uso, la parte metálica se despegó del cuerpo de madera. Así que cada vez que quiero sacar la mina, tengo que sostener la punta para que no se desarme.

La historia con lo lápices es casi como el amor. Del primero, uno nunca se olvida y de otros, por más que sean complicados, no sirvan y tengamos que renegar, seguimos ahí como si fueran únicos. Este es el caso del pobre lápiz que ven acá. Podría decir que es malísimo pero lo quiero y cuando no lo encuentro, no me puedo sentar a dibujar. Y cuando me siento y empiezo a dibujar o escribir, pienso en el otro y pienso en el ojo que tuvo el/la que se lo llevó. Porque no se llevó cualquier cosa, se llevó MI lápiz.

1 comentario:

  1. lindísimo post, y terminé comentándote en facebook!

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